Ella sopló con soledad,
en un amargo salivar,
donde la poesía brota
de sus pequeños piececitos
y camina por entre sus hilos de oro
alzándola en el mundo ideal
extiende sus auroras para recibir
el espíritu que los sacerdotes niegan,
el jesucristo de los ateos,
donde todos ellos tienen,
para refugiar sus excepticismos.
Duerme apacible
bajo la sombra de un árbol
tal vez cuando despierte
despierte a su lado
y nos asomemos por entre los algodones
observando sujetos que inunden la desicha,
mientras me fundo con el infinito del cosmos.
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